Autor: Martín Hernández
Fecha: 2004
Publicado en: Marxismo Vivo Nº 9
Lula
El gobierno Lula, en poco tiempo, está creando una enorme frustración a millares de activistas de Brasil y del mundo.
Sucede que las personas tienen memoria y recuerdan cuando Lula subía a las tribunas para atacar a los patrones y a sus gobiernos ¿Quién puede olvidar las huelgas metalúrgicas de los años 78 y 79, o la campaña electoral del 82, cuando Lula decía: “patrón de la situación o patrón de la oposición, es todo patrón” Hoy Lula no sube a las tribunas obreras y cuando lo hace es para defender al gran capital que es para quien está gobernando.
Millares de activistas, fundamentalmente aquellos que confían en el potencial de los trabajadores, en la revolución y el socialismo, están atónitos con este cambio y buscan una explicación.
Una primera respuesta nos llevaría a decir que esto sucede porque Lula nunca fue, ni se consideró, un dirigente revolucionario.




Sin embargo, este argumento, aunque, verdadero, puede explicar parcial mente, las actuales posiciones de Lula, pero ¿cómo explicar lo que ocurre con varios de sus más directos colaboradores que sí se consideraban socialistas y revolucionarios?
José Genoíno, el actual presidente del PT fue preso y torturado por los militares por ser miembro de la guerrilla de Araguaia dirigida por el maoísta PCdoB del cual actualmente es parte el ministro Ado Rebelo. Más tarde, Genoíno rompió con este partido para fundar uno más de izquierda, el PRC, del cual también fue dirigente el ahora ministro Tarso Genro. Los ministros Palocci y Gushiken fueron parte durante muchos años del CORQUI, una organización trotskista internacional y como parte de ella se cansaron de decir que la única salida para Brasil y el mundo era la revolución socialista. EI ministro Rosetto (del Secretariado Unificado) reivindica la IV internacional, el partido que León Trotsky fundo con la intención de darle un comando a la revolución mundial.
Estos dirigentes, con todo ese pasado, hoy no sólo están en el gobierno capitalista de Lula, sino que a varios de ellos los endiosan los máximos enemigos de los trabajadores. Por ejemplo el ex trotskista Palocci es la “niña bonita” del gobierno norteamericano y del FMI.
Pero el hecho de, que dirigentes de la izquierda reformista, y de la izquierda revolucionaria, apoyen o integren gobiernos burgueses no es una particularidad brasileña.
Son decenas de países en el mundo en los que se esta situación.
Sólo para referimos a América Latina basta ver la experiencia de Argentina donde una buena parte de la izquierda apoyó e integró el gobierno del ex presidente De la Rúa; podemos ,·ver el caso de Venezuela donde casi toda la la izquierda está dividida entre los que apoyan al gobierno burgués de Chávez y los que forman parte del frente burgués golpista financiado por los EE.UU.; también podríamos hablar de Perú donde Toledo llegó al gobierno con el apoyo de una buena parte de la izquierda, o de Bolivia donde el presidente Mesa se mantiene en el gobierno gracias al apoyo del MAS, integrado por un buen número de dirigentes que hasta hace poco encabezaban la izquierda revolucionaria de ese país como es el caso de Filemón Escobar y Pablo Solón.
Con estos breves datos resulta evidente que los activistas no tienen sólo que descubrir qué pasó con Lula sino qué es lo que pasó con la izquierda, poque una cosa es evidente: desde hace algunos años, fundamentalmente a partir de la caída del muro de Berlín, la izquierda en general y la izquierda revolucionaria en particular está irreconocible.

“Democracia” para enfrentar la revolución
Para entender este profundo cambio en la izquierda hay que remontarse a 1975. En aquel año la principal potencia económica y militar del planeta, EE. UU., fue derrotada por las masas de un pequeño país: Vietnam.
A partir de esa derrota al imperialismo norteamericano ya no le fue posible enviar a sus ejércitos a invadir, de forma indiscriminada, cualquier país del mundo para enfrentar los procesos revolucionarios. Las masas de su propio país se lo impedían. Fue lo que se llamó el “síndrome de Vietnam”. Por otra parte, las dictaduras militares se mostraban incapaces de contener el ascenso de las masas. Frente a esta realidad, se vio obligado a cambiar de política. Para mantener su dominación colonial y enfrentar los procesos revolucionarios dejó en un segundo plano los golpes de estado y las invasiones militares y pasó a utilizar el voto, los parlamentos, la legalización de los partidos, es decir el conjunto de las instituciones de la democracia burguesa. Fue una política de “reacción democrática”.
Esta táctica del imperialismo, en la medida en que era un intento de responder a la derrota de Vietnam y al ascenso revolucionario de las masas, era esencialmente defensiva, pero se fue transformando en ofensiva al convertirse en el principal instrumento de un feroz plan de recolonización que tuvo como su más expresivo resultado la restauración del capitalismo en los ex estados obreros.
Esta política de “reacción democrática”, ya antes de la restauración del capitalismo en el Este europeo, causó enormes estragos en la mayoría de las organizaciones de izquierda a nivel mundial.
La guerrilla sandinista, después de tomar el poder en Nicaragua, no expropió a la burguesía, por el contrario, por medio de los mecanismos de la democracia burguesa le entregó el poder a Violeta Chamorro y por esa vía se lo devolvió al propio imperialismo; la guerrilla salvadoreña se integró a los “planes de paz” y dejó de luchar cuando tenía el control de los dos tercios del país; la OLP, dirigida por Yasser Arafat, también en nombre de los “planes de paz” del imperialismo, abandonó definitivamente la lucha por la destrucción del Estado de Israel y la construcción de una Palestina laica y democrática; varios PCs de Europa y de otras partes del mundo (inclusive de Brasil) con un discurso “democrático” se transformaron en “eurocomunistas” que no fue otra cosa que iniciar un proceso de socialdemocratización buscando una mayor independencia del Kremlin y una mayor dependencia de los estados imperialistas europeos; en la ex URSS Gorbachov· se convierte en un agente directo del imperialismo, da pasos decisivos en dirección a la restauración del capitalismo y, con un discurso democratizante, gana la simpatía de una buena parte de la izquierda revolucionaria. Finalmente, en Brasil la misma izquierda que heroicamente había enfrentado a la dictadura, con la caída de esta, comienza a ser incorporada al régimen. Miles de activistas surgidos en las luchas contra la dictadura dejan las fábricas, los bancos, las escuelas y el trabajo rural para convertirse en diputados, senadores, concejales, alcaldes, dirigentes de los aparatos sindicales o asesores de todo tipo. De esa forma, poco a poco, el imperialismo, vía PT, logra ir domesticando a la mayor parte, de la izquierda brasileña.
Este conjunto de hechos muestra que la vieja izquierda antimperialista capitulaba, vía reacción democrática, directamente al imperialismo; esta situación habría de dar un salto cualitativo con la restauración del capitalismo en los ex estados obreros.
Un aluvión oportunista
La restauración del capitalismo, en la mayoría de los casos, no vino de la mano de golpes contrarrevolucionarios sino de las instituciones de la democracia burguesa. Esto sentó las bases objetivas de la campaña ideológica del imperialismo que intentaba mostrar la superioridad del capitalismo sobre el socialismo y, más concretamente, la superioridad de la “democracia como valor universal”, sobre las “dictaduras”, sean estas burguesas o proletarias. Estas ideas llenaron de entusiasmo a los reformistas y también a muchos revolucionarios que de un día para otro descubrieron que las diferencias entre los reformistas y los revolucionarios eran cosas del pasado y que de lo que se trataba era de construir nuevos partidos con los “reformistas honestos”. En otras palabras, estos “revolucionarios”, entre los que se destaca a nivel internacional el Secretariado Unificado (Democracia Socialista en Brasil) se habían vuelto reformistas
El marxismo en general, y Lenin en particular, supieron demostrar que todo estado tiene un carácter de clase y que todo estado capitalista, aunque tenga formas democráticas burguesas, es una dictadura y más aún, que el estado de los obreros también será una dictadura sólo que de la amplia mayoría de la población contra la minoría privilegiada.
Pero la burguesía hace de todo para ocultar el carácter dictatorial de todos sus regímenes, tratando de demostrar que sus “democracias” no son dictaduras de clase sino “gobiernos del pueblo”. Sin embargo, la historia se encarga de demostrar una y otra vez lo contrario. Véase la reciente experiencia de Bolivia, donde el gobierno constitucional de Sánchez de Lozada asesinó a más de ochenta personas.
La izquierda revolucionaria, en el pasado, siempre denunció la farsa de la democracia burguesa y contra ella defendió al estado de los obreros y el pueblo, es decir la dictadura del proletariado. Sin embargo, a partir ele la restauración del capitalismo, la mayor parte de ella también descubrió el “valor universal de la democracia” y comenzó a hacer lo que los reformistas vienen haciendo hace decenas de años: bregar por algunas pocas reformas al estado capitalista y dejar el socialismo para buenos discursos en los días de fiesta. En otras palabras, la amplia mayoría de la izquierda revolucionaria (o ex revolucionaria) sacó una conclusión fundamental: la clase obrera no podía, o no debía tomar el poder.
Gorriarán Merlo, que fue uno ele los máximos dirigentes de una de las más importantes organizaciones guerrilleras de América Latina, el ERP argentino, que se hizo famoso por haber asesinado al expresidente de Nicaragua, Anastasio Somoza y por haber dirigido en su país la ocupación al cuartel de La Tablada resumió, en pocas palabras, el pensamiento de la mayoría de la ex izquierda revolucionaria en el marco de la reacción democrática y la restauración del capitalismo:
“Visto desde la óptica del movimiento revolucionario, el propósito era tomar el poder para sumarnos al bloque socialista, que considerábamos cercano a nuestros principios. Y el método de lucha, al estar cortadas las posibilidades electorales, consistía en la utilización de todas las formas de resistencia, incluso la armada. Dicho período terminó entre fines de los 80 y principios de los 90, con el desplome del Este europeo,”1
Tras la restauración del capitalismo en los ex estados obreros una buena parte de los activistas de izquierda abandonó la militancia pero los que se mantuvieron activos, en la mayoría de los casos, buscaron nuevos rumbos y en general, dado que no se podía pensar en el poder, la única política “realista” era tratar de reformar el estado burgués y sus instituciones por la vía electoral. Nacía así un neorreformismo (sin reformas) que habría de tener su expresión organizativa en miles de ONGs, en una serie de partidos revolucionarios transformados en aparatos electorales y en la dirección del Foro Social Mundial que “descubrió” que, sin hacer la revolución socialista y sin que los trabajadores tomen el poder, “otro mundo es posible”.
Para justificar el abandono de las posiciones revolucionarias más elementales se fueron construyendo, o resucitando, todo tipo de ideologías. Así, las viejas consignas que iluminaron la revolución burguesa: “libertad, igualdad y fraternidad” fueron glorificadas por todo tipo de exguerrilleros, ex estalinistas y también, lamentablemente, por miles de ex trotskistas, y sirvieron – y están sirviendo – para justificar las mayores traiciones como lo es la participación de la izquierda revolucionaria en gobiernos capitalistas. Esta presión de la reacción democrática es tan grande que a ella sucumben incluso sectores de la izquierda revolucionaria que no apoyan a esos gobiernos capitalistas.
Por ejemplo, en la Argentina una importante organización que se reivindica trotskista, el MST, ha venido enfrentando a todos los gobiernos burgueses. Sin embargo, esto no le ha impedido enfrentarse fuertemente a las masas cuando estas se niegan a ir a votar. Es que estos sectores, cuando las elecciones están amenazadas, sienten que la tierra se abre bajo sus pies. Nadie puede dudar de que se trata de sectores de izquierda, pero no van más allá de ser la izquierda del régimen.
En Brasil, los “radicales” del PT rompieron con el partido y enfrentan al gobierno. Sin embargo, este sector, compuesto en su mayoría por gente que se reivindica socialista y revolucionaria, no logra romper con el régimen, por eso han decidido construir un partido junto con los “reformistas honestos”. Esto, que sería impensable hace 20 años, se transformó casi que en una rutina después de la restauración del capitalismo en los ex estados obreros y tiene, que ver justamente con el abandono, por parte de estos sectores, de la lucha por la revolución socialista y el poder de los trabajadores.
Sin embargo, a pesar de que se niegan a luchar por el poder, el problema del poder se pone, en más de una oportunidad, al orden del día. Ecuador, Argentina, Bolivia… ponen a estos sectores en la obligación de dar una respuesta en este terreno. Sólo que, coherentes con su estrategia, nunca es una respuesta de clase, siempre es en el terreno del régimen: elecciones o, en la mejor de las hipótesis, elecciones para una asamblea Constituyente.
En síntesis, a partir de la restauración capitalista de los ex estados obreros, toda la izquierda – la reformista y la revolucionaria – quedó arrasada por un vendaval oportunista.
Las perspectivas
Seguramente muchos activistas, frustrados con las traiciones de Lula y de los dirigentes de izquierda que lo acompañan, se estarán preguntando: ¿hay posibilidades de que cambie esta situación? Cuando llegue el ascenso de las masas ¿no es posible que estos dirigentes se pongan a la cabeza de la lucha revolucionaria para dirigirla hasta la victoria? Aún hay riesgo de crear una nueva frustración es necesario ser categóricos. No hay ninguna posibilidad de que esto ocurra. Es más, si explota la revolución brasileña lo que veremos de parte de estos dirigentes será más y no menos traiciones. Esto es, por otra parte, lo que ya estamos viendo en la Argentina y en Bolivia.
Y todo sucede porque no se trata de revolucionarios confundidos. Al contrario, se trata de sectores ganados por el régimen capitalista a partir de los privilegios materiales que este les otorga; el marxismo, con mucha razón, nos enseñó que ninguna clase o sector social renuncia a sus privilegios.
Esta generación de exrevolucionarios representada por los Dirceus, por los Genoínos o por los Paloccis es una generación de dirigentes definitivamente perdida para la revolución. Sin embargo, esta conclusión no nos debe llevar al pesimismo porque en Brasil, como en el resto del mundo, existen varios miles de revolucionarios que prefirieron mantenerse fieles a su clase y no aceptar las migajas del poder burgués. Son muchos los que están activos, otros están cansados, pero ni estos ni aquellos se corrompieron. Por otra parte, la revolución brasileña que se incuba posibilitará (de hecho, ya lo está haciendo) el surgimiento de una nueva generación de luchadores que sabrá ponerse a la cabeza de los nuevos acontecimientos. De lo que se trata es de batallar para que estas dos generaciones se encuentren. En este sentido sigue plenamente vigente la afirmación del viejo Trotsky: “Sólo el entusiasmo fresco y el espíritu beligerante de la juventud pueden asegurar los primeros triunfos de la lucha y sólo estos devolverán al camino revolucionario a los mejores elementos de la vieja generación. Siempre fue así y siempre será así…. “¡Abajo el burocratismo y el arribismo! ¡Paso a la juventud! ¡Paso a las mujeres trabajadoras!” 2
Notas
- “Memorias de Enrique Gorriaran Merlo: De los setenta a La Tablado”. Planeta – pág. 533
- León Trotsky – Programa de Transición • Editorial, Antídoto – pág.73
